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miércoles, 11 de agosto de 2010

¡Curiosidades!

Fuente: Internet


A mediados de julio de 1931, mientras el equipo de Eisenstein filmaba en la hacienda de Santiago Tetlapayac las escenas para el episodio ubicado en la época de la dictadura de Díaz ocurrió un fatal accidente: el joven peón Félix Olvera, que interpretaba un papel en el film, mató sin querer a su propia hermana al mostrarle una pistola que se estaba usando en el rodaje. Olvera intentó huir a través de los magueyales; el asesino involuntario fue capturado y conducido a la hacienda.

Eisenstein recuerda que el joven iba amarrado con cuerdas y sangraba profusamente ya que había sido golpeado por sus captores. El hecho se convirtió en noticia de resonancia internacional y provocó que el cineasta cayera enfermo por algunos días con la consecuente suspensión del rodaje.

El rodaje de ¡Que viva México! , quedó cancelado en febrero de 1932 cuando todavía faltaban por realizarse todas las escenas del episodio dedicado a la Revolución Mexicana y algunas del episodio "español".

Para que la desgracia de Eisenstein fuera completa, los materiales de su film mexicano se dispersaron y con ellos se han hecho una buena cantidad de "versiones" que, en los mejores casos, pueden considerarse como homenajes a la tarea artística desarrollada por Eisenstein en México. (publicacions.ub.es/bibliotecaDigital/cinema/filmhistoria/)

lunes, 2 de agosto de 2010

Premio Hispanoamericano de Poesía Ramón López Velarde

Premio Hispanoamericano de Poesia Ramón López Velarde

Se otorga el Premio Hispanoamericano de Poesía Ramón López Velarde desde 1998 a autores que cuentan con una sólida trayectoria y que además han profundizado en el estudio de la obra de López Velarde, nacido en Jerez, Zacatecas, y es la distinción más importante que otorgan a los creadores de una obra poética meritoria.

El Instituto Zacatecano de Cultura dio a conocer este 10 de junio de 2010 que el poeta, cronista, narrador y ensayista Marco Antonio Campos (Ciudad de México, 1949) fue galardonado con el Premio Hispanoamericano de Poesía “Ramón López Velarde” por el conjunto de su obra poética.

En 1989, con motivo del centenario de su nacimiento, el escritor mexicano Guillermo Sheridan escribió una biografía del poeta, titulada Un corazón adicto: la vida de Ramón López Velarde, quizá la más completa hasta la fecha.

Murió Monsivaís el mismo día que Velarde

Murió Monsivaís el mismo día que Velarde

El escritor que más ha profundizado en la obra del poeta zacatecano Ramón López Velarde, Carlos Monsiváis, falleció el 19 de junio, el mismo día que el autor jerezano, a cuya poesía consideraba “fuente de revelaciones y descubrimientos”.

El 19 de junio de 2006, justo 4 años antes su muerte, Carlos Monsiváis se paseaba por los pasillos del Museo de Arte Abstracto Manuel Felguérez, en la ciudad de Zacatecas, previo a la ceremonia en la que recibió el Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde.

En esa ocasión el escritor reveló que parte de su familia tenía raíces jerezanas, lo que de algún modo lo vinculaba a Ramón López Velarde, con quien ahora compartirá los aniversarios luctuosos (el poeta falleció el 19 de junio de 1921).

Los textos que Monsiváis dedicó a estudiar la obra del poeta le valieron el premio y el título de huésped distinguido en Jerez durante la realización de las jornadas lopezvelardeanas.

Los zacatecanos esperaban que el reconocido escritor volviera, pues se había anunciado su participación, junto con otros prestigiados autores, en el Hay Festival, que se realizará del 15 al 18 de julio.

Las primeras reacciones por la muerte de Monsiváis de inmediato se manifestaron en Zacatecas, pues el jefe de Gobierno Distrito Federal, Marcelo Ebrard, en cuanto supo del deceso apresuró sus eventos partidistas en la Entidad para estar presente en el homenaje de cuerpo presente que se le ofreció al escritor en el Museo de la Ciudad de México.

Monsiváis cita a Manuel Gómez Morín cuando se refiere a que “López Velarde canta al México que todos ignorábamos viviendo en él”, esta frase valdría también para él mismo.

La Revolución en México

La Revolución en México

En el largo periodo que el general Porfirio Díaz ocupó la Presidencia de la República se hicieron más evidentes y cruentas las abismales diferencias en riqueza, educación y bienestar entre la inmensa mayoría del pueblo y el reducido grupo que, al amparo del poder del gobierno porfirista, gozaba prácticamente de todos los privilegios, a costa de condenar a la miseria a esa mayoría ya harta de su pobreza e ignorancia.

Aunque la miseria corroía los cimientos de la sociedad mexicana, finalmente no afloraba de manera abierta debido a la ancestral sumisión y al control que las poderosas fuerzas locales mantenían sobre un pueblo hundido en la ignorancia.

Pero la falta de libertades políticas, que se traducía en la escasa posibilidad para las clases medias emergentes de ascender socialmente y tener acceso a los puestos de mando y la riqueza, fue abriendo paso a los reclamos y exigencias de éstas, hasta llegar al estallido de la violencia armada.

Precisamente fueron esas clases ilustradas, que contaban con la preparación y el conocimiento de la situación real del país, quienes plantearon la necesidad y después la exigencia de que se abrieran los cauces para tener la oportunidad de ocupar los puestos que ya de antiguo se encontraban en las mismas manos, ahora cansadas y viejas, de los beneficiarios de la paz porfiriana.

A raíz de que el propio general Porfirio Díaz expresara –en una famosa entrevista que le hiciera en 1908 el periodista norteamericano James Creelman- que México ya se encontraba preparado para la democracia, se comenzaron a formar clubes y partidos políticos con la esperanza de poder participar en la ya próxima contienda electoral, que imaginaron libre y abierta, y que tendría lugar en 1910.

Ante esa situación, había quienes consideraban que se debía actuar con prudencia y que, antes de que se diera un cambio total y radical en los altos puestos políticos, debería mantenerse como presidente al general Porfirio Díaz y cambiar únicamente al vicepresidente, quien debería aprender a gobernar, para que cuando faltara Díaz los cambios se dieran sin sobresaltos ni riesgos y el pueblo mexicano comenzara a gozar de una auténtica vida democrática.

Pero la idea del propio general Porfirio Díaz no coincidía con la de aquellos que habían creído en sus palabras, como Francisco I. Madero, quien se había dado a la tarea de recorrer el país promoviendo su candidatura a la presidencia, mediante la constitución del Partido Antirreeleccionista.

En junio de 1910 se llevaron a cabo unas elecciones nada democráticas. Madero había sido encarcelado previamente y Díaz resultó electo presidente para un nuevo periodo, el séptimo, ahora de seis años, acompañado de Ramón Corral como vicepresidente.

Como resultado, Madero proclamó el Plan de San Luis, en el que hizo un llamado a las armas, como parte de su denuncia contra unas elecciones fraudulentas. La revuelta debía estallar el 20 de noviembre y, ante este llamado, en muchas partes del país se levantaron grupos armados contra el gobierno porfirista.

Los hermanos Serdán, en la ciudad de Puebla, se encontrarían entre las primeras víctimas de la represión de las fuerzas federales, cuyos esfuerzos finalmente resultaron ineficaces para detener el movimiento revolucionario, al que se adhirieron personajes como Pascual Orozco y Francisco Villa, entre otros.

La revolución maderista se fue extendiendo por gran parte del país, teniendo al Norte como escenario de importantes triunfos, con lo que el ejercito porfirista, a pesar de que en el fondo permaneció casi intacto, fue derrotado.

Así, el general Porfirio Díaz se vio obligado a presentar su renuncia a la presidencia y tomar el camino del exilio, mediante la firma del Tratado de Ciudad Juárez, el 21 de mayo de 1911.

De esta manera, se puso punto final a una época de casi 34 años del ejercicio del poder unipersonal, para abrir paso, no sin dificultades y contradicciones, a otra etapa de la historia mexicana, en la que se trataría de hacer efectivo el lema maderista de "sufragio efectivo, no reelección".

Por lo pronto, como consecuencia del triunfo de la revolución maderista y la firma del Tratado de Ciudad Juárez, Francisco León de la Barra –quien fungía como ministro de Relaciones Exteriores-, asumió interinamente la Presidencia de la República, a fin de convocar a nuevas elecciones, en las que Francisco I. Madero resultaría investido presidente.

Desde el mismo momento en que triunfa la revolución convocada por Madero, se comienzan a generar problemas al interior del grupo revolucionario, lo que aunado a omisiones, errores y promesas no cumplidas, darían por resultado que la revolución no lograra avanzar y profundizar como deseaban sus iniciadores

Este periodo revolucionario culminó inclusive con el asesinato de su principal promotor, Francisco I. Madero, a quien se ha dado en llamar, con justicia, el "mártir de la democracia".

Repercusión de Suave Patria

Repercusión de Suave Patria

A su muerte, a instancias de José Vasconcelos Calderón, se le tributaron honores como poeta nacional, y su obra -sobre todo el poema "Suave Patria"-en el que dice "la patria es como una mujer, se exaltó como expresión suprema de la nueva mexicanidad nacida de la Revolución. La apropiación oficial no excluyó otras lecturas de su obra: los poetas del grupo Contemporáneos vieron en él, junto a Tablada, el comienzo de la poesía mexicana moderna. En particular, Xavier Villaurrutia destacó la centralidad de López Velarde en la historia de la poesía mexicana, y lo comparó con el francés Charles Baudelaire.

Su obra marca el momento de transición entre el modernismo y la vanguardia. La eclosión de los ismos en el ámbito hispánico se anuncia ya en su novedoso tratamiento del lenguaje poético y, al mismo tiempo, la dualidad que preside su obra (el contraste entre las tradiciones del campo y la turbulencia de la ciudad, y su propio forcejeo angustiado entre las inclinaciones ascéticas y sensualidad pagana) tiene un claro carácter romántico-modernista. Actualmente en la Ciudad de México se encuentra el museo Casa del Poeta Ramón López Velarde en el cual fue su morada durante los últimos 3 años de su vida.

Revolución Mexicana



Revolución Mexicana


En el largo periodo que el general Porfirio Díaz ocupó la Presidencia de la República se hicieron más evidentes y cruentas las abismales diferencias en riqueza, educación y bienestar entre la inmensa mayoría del pueblo y el reducido grupo que, al amparo del poder del gobierno porfirista, gozaba prácticamente de todos los privilegios, a costa de condenar a la miseria a esa mayoría ya harta de su pobreza e ignorancia.



Aunque la miseria corroía los cimientos de la sociedad mexicana, finalmente no afloraba de manera abierta debido a la ancestral sumisión y al control que las poderosas fuerzas locales mantenían sobre un pueblo hundido en la ignorancia.

Pero la falta de libertades políticas, que se traducía en la escasa posibilidad para las clases medias emergentes de ascender socialmente y tener acceso a los puestos de mando y la riqueza, fue abriendo paso a los reclamos y exigencias de éstas, hasta llegar al estallido de la violencia armada.

Precisamente fueron esas clases ilustradas, que contaban con la preparación y el conocimiento de la situación real del país, quienes plantearon la necesidad y después la exigencia de que se abrieran los cauces para tener la oportunidad de ocupar los puestos que ya de antiguo se encontraban en las mismas manos, ahora cansadas y viejas, de los beneficiarios de la paz porfiriana.

A raíz de que el propio general Porfirio Díaz expresara –en una famosa entrevista que le hiciera en 1908 el periodista norteamericano James Creelman- que México ya se encontraba preparado para la democracia, se comenzaron a formar clubes y partidos políticos con la esperanza de poder participar en la ya próxima contienda electoral, que imaginaron libre y abierta, y que tendría lugar en 1910.

Ante esa situación, había quienes consideraban que se debía actuar con prudencia y que, antes de que se diera un cambio total y radical en los altos puestos políticos, debería mantenerse como presidente al general Porfirio Díaz y cambiar únicamente al vicepresidente, quien debería aprender a gobernar, para que cuando faltara Díaz los cambios se dieran sin sobresaltos ni riesgos y el pueblo mexicano comenzara a gozar de una auténtica vida democrática.

Pero la idea del propio general Porfirio Díaz no coincidía con la de aquellos que habían creído en sus palabras, como Francisco I. Madero, quien se había dado a la tarea de recorrer el país promoviendo su candidatura a la presidencia, mediante la constitución del Partido Antirreeleccionista.

En junio de 1910 se llevaron a cabo unas elecciones nada democráticas. Madero había sido encarcelado previamente y Díaz resultó electo presidente para un nuevo periodo, el séptimo, ahora de seis años, acompañado de Ramón Corral como vicepresidente.

Como resultado, Madero proclamó el Plan de San Luis, en el que hizo un llamado a las armas, como parte de su denuncia contra unas elecciones fraudulentas. La revuelta debía estallar el 20 de noviembre y, ante este llamado, en muchas partes del país se levantaron grupos armados contra el gobierno porfirista.

Los hermanos Serdán, en la ciudad de Puebla, se encontrarían entre las primeras víctimas de la represión de las fuerzas federales, cuyos esfuerzos finalmente resultaron ineficaces para detener el movimiento revolucionario, al que se adhirieron personajes como Pascual Orozco y Francisco Villa, entre otros.

La revolución maderista se fue extendiendo por gran parte del país, teniendo al Norte como escenario de importantes triunfos, con lo que el ejercito porfirista, a pesar de que en el fondo permaneció casi intacto, fue derrotado.

Así, el general Porfirio Díaz se vio obligado a presentar su renuncia a la presidencia y tomar el camino del exilio, mediante la firma del Tratado de Ciudad Juárez, el 21 de mayo de 1911.

De esta manera, se puso punto final a una época de casi 34 años del ejercicio del poder unipersonal, para abrir paso, no sin dificultades y contradicciones, a otra etapa de la historia mexicana, en la que se trataría de hacer efectivo el lema maderista de "sufragio efectivo, no reelección".

Por lo pronto, como consecuencia del triunfo de la revolución maderista y la firma del Tratado de Ciudad Juárez, Francisco León de la Barra –quien fungía como ministro de Relaciones Exteriores-, asumió interinamente la Presidencia de la República, a fin de convocar a nuevas elecciones, en las que Francisco I. Madero resultaría investido presidente.

Desde el mismo momento en que triunfa la revolución convocada por Madero, se comienzan a generar problemas al interior del grupo revolucionario, lo que aunado a omisiones, errores y promesas no cumplidas, darían por resultado que la revolución no lograra avanzar y profundizar como deseaban sus iniciadores

Este periodo revolucionario culminó inclusive con el asesinato de su principal promotor, Francisco I. Madero, a quien se ha dado en llamar, con justicia, el "mártir de la democracia".

La historia de la gitana en la muerte de Ramón López Velarde

La historia de la gitana en la muerte de Ramón López Velarde

La muerte de muchos personajes, que ponen piedras angulares en la historia y la cultura de los pueblos, suele estar acompañada por dramas grandes o pequeños que, frecuentemente, nos llegan envueltos con matices de leyenda. Así ocurre con Ramón López Velarde (1888- 1921), quien muere en la entonces avenida Jalisco número 71 (hoy Álvaro Obregón) como consecuencia de una neumonía y pleuresía que sufrió después de un inocente paseo en una noche muy fría en la Ciudad de México.


El crítico de teatro Buffalmaco (Jesús B. González) escribió en Revista de Revistas:

Algunas noches paseábamos por las calles de Capuchinas a altas horas, yo envuelto en un grueso gabán y con bufanda, y él sin abrigo, cuando el agua se estaba volviendo cristal al beso de la brisa del sur. Montaigne era su leitmotiv y no le importaba la línea de mercurio de los termómetros.

Pero aquella noche de La Mallorquina fue traicionado por su organismo tantas y tantas veces fiel. Día a día fue empeorando, hasta que dejó de concurrir a su oficina. Primero el diagnóstico no arrojaba deducciones de alarma. Ramón, recluido en sus habitaciones de la avenida Jalisco 71, sin hacer cama, recibía a sus amigos y charlaba de sus temas favoritos. Apenas podíamos percibir su estado anhelante.

Sin abrigo su cuerpo y probablemente también su espíritu a causa de fracasos amorosos, políticos y económicos, la enfermedad materializó la predicción de una gitana que le anunció su muerte por asfixia.

Cuenta Guadalupe Appendini que una noche, en un bar de la Ciudad de México, cuando departía con Jesús B. González, una gitana le leyó la mano a López Velarde y le dijo: “Amas mucho a las mujeres, pero les temes. Tienes miedo también de ser padre. ¡Esta línea me dice que morirás asfixiado!”.

Y en la mencionada crónica de Revista de Revistas, Buffalmaco añade:

La mañana del 18 de junio, llegué a visitarlo y lo encontré profundamente decaído. Su respiración era violenta y angustiosa. Sentado en un sillón, con la mirada triste, a mis palabras de sincero optimismo contestó mostrándome su mano larga y expresiva: —¿No recuerdas? —¿Qué cosa? — Aquello que me auguró la gitana. ¡Mira cómo estoy! Fue su último amanecer. A su madre y a sus hermanos acompañamos en aquella jornada fatal, Rafael López , Pedro de Alba, Enrique Fernández Ledesma y yo.

Poema La Suave Patria de Ramón López Velarde

Poema La Suave Patria de Ramón López Velarde

PROEMIO


Yo que sólo canté de la exquisita
partitura del íntimo decoro,
alzo hoy la voz a la mitad del foro
a la manera del tenor que imita
la gutural modulación del bajo
para cortar a la epopeya un gajo.

Navegaré por las olas civiles
con remos que no pesan, porque van
como los brazos del correo chuan
que remaba la Mancha con fusiles.

Diré con una épica sordina:
la Patria es impecable y diamantina.
Suave Patria: permite que te envuelva
en la más honda música de selva
con que me modelaste por entero
al golpe cadencioso de las hachas,
entre risas y gritos de muchachas
y pájaros de oficio carpintero.

PRIMER ACTO

Patria: tu superficie es el maíz,
tus minas el palacio del Rey de Oros,
y tu cielo, las garzas en desliz
y el relámpago verde de los loros.

El Niño Dios te escrituró un establo
y los veneros del petróleo el diablo.

Sobre tu Capital, cada hora vuela
ojerosa y pintada, en carretela;
y en tu provincia, del reloj en vela
que rondan los palomos colipavos,
las campanadas caen como centavos.

Patria: tu mutilado territorio
se viste de percal y de abalorio.

Suave Patria: tu casa todavía
es tan grande, que el tren va por la vía
como aguinaldo de juguetería.

Y en el barullo de las estaciones,
con tu mirada de mestiza, pones
la inmensidad sobre los corazones.

¿Quién, en la noche que asusta a la rana,
no miró, antes de saber del vicio,
del brazo de su novia, la galana
pólvora de los juegos de artificio?

Suave Patria: en tu tórrido festín
luces policromías de delfín,
y con tu pelo rubio se desposa
el alma, equilibrista chuparrosa,
y a tus dos trenzas de tabaco sabe
ofrendar aguamiel toda mi briosa
raza de bailadores de jarabe.

Tu barro suena a plata, y en tu puño
su sonora miseria es alcancía;
y por las madrugadas del terruño,
en calles como espejos se vacía
el santo olor de la panadería.

Cuando nacemos, nos regalas notas,
después, un paraíso de compotas,
y luego te regalas toda entera
suave Patria, alacena y pajarera.

Al triste y al feliz dices que sí,
que en tu lengua de amor prueben de ti
la picadura del ajonjolí.

¡Y tu cielo nupcial, que cuando truena
de deleites frenéticos nos llena!

Trueno de nuestras nubes, que nos baña
de locura, enloquece a la montaña,
requiebra a la mujer, sana al lunático,
incorpora a los muertos, pide el Viático,
y al fin derrumba las madererías
de Dios, sobre las tierras labrantías.

Trueno del temporal: oigo en tus quejas
crujir los esqueletos en parejas,
oigo lo que se fue, lo que aún no toco
y la hora actual con su vientre de coco.
Y oigo en el brinco de tu ida y venida,
oh trueno, la ruleta de mi vida.

INTERMEDIO

(Cuauhtémoc)

Joven abuelo: escúchame loarte,
único héroe a la altura del arte.

Anacrónicamente, absurdamente,
a tu nopal inclínase el rosal;
al idioma del blanco, tú lo imantas
y es surtidor de católica fuente
que de responsos llena el victorial
zócalo de cenizas de tus plantas.

No como a César el rubor patricio
te cubre el rostro en medio del suplicio;
tu cabeza desnuda se nos queda,
hemisféricamente de moneda.

Moneda espiritual en que se fragua
todo lo que sufriste: la piragua
prisionera , al azoro de tus crías,
el sollozar de tus mitologías,
la Malinche, los ídolos a nado,
y por encima, haberte desatado
del pecho curvo de la emperatriz
como del pecho de una codorniz.

SEGUNDO ACTO

Suave Patria: tú vales por el río
de las virtudes de tu mujerío.
Tus hijas atraviesan como hadas,
o destilando un invisible alcohol,
vestidas con las redes de tu sol,
cruzan como botellas alambradas.

Suave Patria: te amo no cual mito,
sino por tu verdad de pan bendito;
como a niña que asoma por la reja
con la blusa corrida hasta la oreja
y la falda bajada hasta el huesito.

Inaccesible al deshonor, floreces;
creeré en ti, mientras una mejicana
en su tápalo lleve los dobleces
de la tienda, a las seis de la mañana,
y al estrenar su lujo, quede lleno
el país, del aroma del estreno.

Como la sota moza, Patria mía,
en piso de metal, vives al día,
de milagros, como la lotería.

Tu imagen, el Palacio Nacional,
como tu misma grandeza y con tu igual
estatura de niño y de dedal.

Te dará, frente al hambre y al obús,
un higo San Felipe de Jesús.

Suave Patria, vendedora de chía:
quiero raptarte en la cuaresma opaca,
sobre un garañón, y con matraca,
y entre los tiros de la policía.

Tus entrañas no niegan un asilo
para el ave que el párvulo sepulta
en una caja de carretes de hilo,
y nuestra juventud, llorando, oculta
dentro de ti el cadáver hecho poma
de aves que hablan nuestro mismo idioma.

Si me ahogo en tus julios, a mí baja
desde el vergel de tu peinado denso
frescura de rebozo y de tinaja,
y si tirito, dejas que me arrope
en tu respiración azul de incienso
y en tus carnosos labios de rompope.

Por tu balcón de palmas bendecidas
el Domingo de Ramos, yo desfilo
lleno de sombra, porque tú trepidas.

Quieren morir tu ánima y tu estilo,
cual muriéndose van las cantadoras
que en las ferias, con el bravío pecho
empitonando la camisa, han hecho
la lujuria y el ritmo de las horas.

Patria, te doy de tu dicha la clave:
sé siempre igual, fiel a tu espejo diario;
cincuenta veces es igual el AVE
taladrada en el hilo del rosario,
y es más feliz que tú, Patria suave.

Sé igual y fiel; pupilas de abandono;
sedienta voz, la trigarante faja
en tus pechugas al vapor; y un trono
a la intemperie, cual una sonaja:
la carretera alegórica de paja.

Algunos datos curiosos sobre Velarde

Algunos datos curiosos sobre Velarde

-La poesía más corta: “Fragmento”, en su libro “Primeras poesías”, tiene siete versos.

-Dedicó 33 poesías, el mismo número que años cuando murió

-Poesía con el título más largo: “A la gracia primitiva de las aldeanas” siete palabras, en el libro “Sangre devota”.

-Poesía con el nombre más corto: “Ella”, de su libro “Primeras poesías”.

-El poema número cien: “Hormigas”, del libro “Zozobra”

-Su última poesía: “La suave patria”, está en el libro “Al son del corazón”.

-Su primer poema conocido: “A un imposible” de 1905.

-La suave patria tiene ochenta y ocho años, hasta hoy.

-Treinta y cuatro poesías de Ramón López Velarde terminan en puntos suspensivos

-El poema más popular, o mejor dicho: más conocido: “La suave patria”, el más bonito: todos.

-En México alcanzó una gran fama, llegando a ser considerado el poeta nacional.

-Murió en 1921 pero dejó un libro inédito, “El son del corazón”, que no se publicaría hasta 1932.

-El 15 de junio de 1963 sus restos mortales fueron inhumados y trasladados a la Rotonda de las Personas Ilustres de la Ciudad de México.

-En su poema “Suave Patria” el dice "la patria es como una mujer”